Cuento de Navidad

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Érase una vez, en una fría y helada Navidad, los ciudadanos de una pequeña ciudad se preparaban para festejar las fiestas con sus familiares y amigos. Todos menos el señor Scrooge, el avaro dueño de una empresa en la que explotaba a su empleado, haciéndole trabajar hasta los días de vacaciones por un miserable sueldo.

La misma noche de Nochebuena, el señor Scrooge, tacaño como él sólo, estaba contando su fortuna en su despacho cuando su antiguo socio le hizo una visita. Habría sido una visita cordial y hasta simpática, si no fuera porque su antiguo socio llevaba años estando muerto. Al aparecer, a Scrooge casi le da un síncope, pero su genio de empresario explotador ganó fuerza y le acusó de asustarle mientras trabajaba.

“Sólo vengo a avisarte, Scrooge”, le contestó el fantasma de su socio. “Esta noche vendrán tres fantasmas y tendrás que hacerles caso”. Dicho lo cual, desapareció.

“Fantasmas. Pamplinas. Todo son excusas para no trabajar”, rumió para sí mismo el señor Scrooge.

Pero lo cierto es que tras la cena de Nochebuena y queriendo acostarse temprano, Scrooge se acomodó en su cama, sintiendo más frío de lo normal. De repente, la habitación se heló y un fantasma, de aspecto cálido y simpático le saludó.

“Hola Scrooge, ¿hace frío? Te veo algo fresco. Coge el abrigo que tengo algo que enseñarte”.

Scrooge, casi petrificado le preguntó:

“¿Quién eres?”

“Soy el fantasma de las Navidades pasadas”, le contestó el amable hombrecillo. Cogió a Scrooge de la mano y lanzó un hechizo. “Pim, pam, pum, el pasado vas a ver tú”.

De inmediato, la habitación se transformó. Apareció su socio, sólo que con más color en la cara. Incluso estaba él mismo, pero mucho más joven. Ambos estaban riendo, cantando y celebrando la Navidad y la apertura de su reciente empresa.

“Los dos érais jóvenes y estábais llenos de ilusión. La empresa la abristeis para vivir mejor. Pero algo pasó, tu socio murió”, le explicó el fantasma de las Navidades pasadas.

“Pamplinas”, contestó airado el señor Scrooge. “Mi socio tenía la cabeza en las nubes y por eso ahora él no está vivo y yo sí.”

El fantasma de las Navidades pasadas, sonriente, le devolvió a la época presente, gélida y solitaria. El fantasma desapareció y el calor volvió un poco a la estancia, pero poco tardó en helarse de nuevo, un ser femenino con pinta de hada gigante se le apareció.

“¿Otro fantasma? ¡¡No tengo tiempo para tonterías!!”, exclamó airado Scrooge.

“Soy el fantasma de las Navidades presentes. No hay elección ni opción, me tienes que seguir por una razón”, le contestó el fantasma femenino. Igual que había hecho su compañero, exclamó: “Pim, pam, pum, el presente vas a ver tú”.

En esta ocasión aparecieron en mitad de la calle, la nieve caía y tras una ventana, la familia de su empleado se juntaba para cenar. Scrooge, malhumorado por estar calado hasta los huesos, miró de mala gana por la ventana. La estampa era impactante.

Una mujer y dos hijos agradecían la escueta cena que estaba ante ellos. El empleado les explicaba que se había esforzado mucho por trabajar todo lo que su jefe, el señor Scrooge, le exigía, pero que según él la empresa no iba bien y no podía pagarle el extra de Navidad, de forma que este año no había más comida ni regalos especiales.

Scrooge, algo avergonzado, reconoció que le había mentido a su empleado para ahorrarse un buen dinero. “No pasa nada, mañana mismo le daré la paga extra, el chico realmente se lo merece”.

El fantasma de las Navidades presentes le sonreía con nostalgia. “Pero querido Scrooge, quizá no haya mañana para ti, aún queda un fantasma y te aseguro que no es éste baladí”. Fue decir estas palabras y Scrooge volvió a su silenciosa y oscura habitación. Seguía bien mojado por la nieve que había caído sobre él, pero había algo más, una especie de atmósfera tenebrosa.

Ante él, unos humos misteriosos y un frío infernal se levantaron como por arte de magia, formando la figura de un fantasma ataviado con una túnica negra y al que no se le podía ver ni manos, ni piernas, ni cara.

“Supongo que eres el fantasma de las Navidades futuras”, dijo Scrooge.

No recibió respuesta.

“Y que ahora me mostrarás el glorioso futuro de mi empresa”, insistió el avaro jefe.

No recibió respuesta.

“Bueno, ¿es que te vas a quedar ahí como un pasmarote?”

No recibió respuesta.

En su lugar, señaló con una de sus mangas a la espalda del asustado hombre y, cuando se giró, a punto estuvo de desmayarse. Ya no estaban en su habitación, estaban en un cementerio. Ante él, su propia tumba era llorada únicamente por su empleado, más viejo que hasta entonces.

“Era un hombre tacaño y avaro, ojalá hubiera tenido la oportunidad de compartir mejores momentos con el resto del mundo. Ahora nadie le quiere y yo, el único a su lado, no tengo sustento para mi familia”.

Scrooge quedó realmente impactado por esta escena. Había sido toda su vida un tacaño obsesionado con el dinero. Ni esperó a que se esfumara el fantasma de las Navidades futuras. Se giró de nuevo y, como había supuesto, volvió a su habitación. Cogió todo el dinero de su caja fuerte, ni un penique que se le cayó al suelo dejó por recoger. Salió a la calle y corrió hasta casa de su empleado. Por el camino iba soltando montones de monedas para los niños de la calle. Y una vez en casa de su empleado le lanzó todo el dinero encima suyo, tan fuerte que por poco no lo tira al suelo.

“Querido empleado, te pido perdón por ser tan avaro y tacaño. Te doy la paga extra. Te subo el sueldo ¡Te doy vacaciones! Sólo te pido que, si algún día tienes un momento, quieras compartir algo de tu tiempo con este pobre viejo”.

Al decir esto, contento y sonriente, el señor Scrooge se dispuso a regresar a su casa, por fin, con la conciencia tranquila.

Pero el empleado le frenó. “Señor Scrooge, es Navidad. No necesita comprar nuestra amistad, yo lo admiro de verdad. Pase y disfrute de esta Nochebuena con nosotros”.

Y así lo hizo. Y el señor Scrooge se convirtió en el señor más amable de la ciudad. Dio empleo a todas las personas que pudo y tal era su generosidad, que ganó no sólo empleados sino también amigos y juntos, formaron la mayor empresa que jamás pudo imaginar.

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