El Patito feo

Érase una vez en un estanque que vivía la señora Pata. La señora Pata estaba muy contenta porque sus huevos, que había puesto hace poco tiempo, estaban a punto de eclosionar y de ellos iba a salir toda su prole en forma de patitos muy graciosos y bonitos.

Conforme una noche terminaba y el día tomaba paso, los huevos fueron rompiéndose, uno a uno, y los patitos fueron saliendo, brincando, haciendo cuac cuac y saludando a su mamá, la señora Pata.

Quedaba un último huevo, algo más oscuro, que ni la señora Pata recordaba haber puesto en su nido. Comenzó a moverse y todos los habitantes de la zona, la propia señora Pata y sus recién nacidos patitos, miraron expectantes al huevo. Éste se movía cada vez con más fuerza hasta que comenzó a resquebrajarse. ¡La expectación era enorme! Poco a poco, el huevo fue deshaciéndose y de él salió un nuevo ser.

Pero éste era diferente, un ave delgaducho, raquítico y negruzco, bastante feo realmente. La señora Pato no se inmutó y lo abrazó como un hijo más, aunque obviamente, poco tenía que ver con los patitos que a su alrededor habían nacido.

El resto de sus “hermanos” lo vieron al principio con recelo, algunos con burla y no faltó el que le tenía miedo, pero la bondad de la señora Pata les animó a aceptarlo. Sin embargo, el resto de animales del estanque en el que vivían no estaban tan de acuerdo. Unos creían que este patito feo era la cosa más horrible que existía en toda la zona. Otros creían que era, sencillamente, una excepcional rareza de la naturaleza y que, no por ello, debía ser menos querido.

Sea como fuere, la señora Pata, sus patitos guapos y el patito feo se criaron juntos. Pasaron el invierno aguantando las inclemencias del tiempo y comiendo todo lo que podían encontrar sin que los malvados cazadores les vieran. El patito feo estaba cómodo con su familia adoptiva, pero tenía claro que en el estanque no encajaba. Nadie quería jugar con él, algunos le llamaban el patito más feo de la historia, mientras que los hermosos, vigorosos y simpáticos hermanitos eran considerados los seres vivos más bonitos del estanque.

El invierno pasaba y la primavera se acercaba. Mientras sus hermanos jugaban con los demás animales, el patito feo se alejó como siempre de la zona. Él no tenía nuevos amigos con los que jugar y siempre asustaba a quien se le acercaba.

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De pronto, un ave, mucho más bella que todos sus hermanos juntos, grande y majestuosa, apareció reposando en el estanque, parecía cansada. Cuando vio al patito feo le saludó:

“Hola, ¡cómo me alegro de verte, creía que me había perdido!”

El patito feo estaba sorprendido, parecía que esa hermosa ave le reconocía.

“Disculpe, señora, pero no le conozco y mi mamá no me permite hablar con desconocidos, aunque casi siempre huyen de mi aspecto”

El ave, majestuosa y amable, se acercó a él sonriendo.

“Ya veo lo que sucede, ahora que me fijo eres muy joven. Me llamo Cisne Floral, todas las primaveras cambiamos el plumaje y venimos a estos tranquilos estanques para la muda. Veo que tú sin embargo te has criado aquí, pero como comprobarás la primavera también ha hecho efecto en ti. Mírate en el agua si no me crees”

El patito feo no estaba muy seguro de lo que la guapísima Cisne Floral le decía y observó su reflejo en el agua del estanque… ¡No podía ser, no creía lo que veía! Ya no era feo, ni desgarbado, era blanco, con unos ojos de joven cisne penetrantes, unas alas imponentes y un porte casi majestuoso. El patito feo miró fijamente a Cisne Floral y salió corriendo en busca de su mamá, la señora Pata.

Ésta abrazó a su pequeño nada más verlo. Llorando le explicó que ella sabía desde el principio que era un cisne, pues conocía perfectamente su desarrollo y, pese a que comienzan siendo muy feos, luego se vuelven hermosos en primavera. Pero ella nunca lo quiso por su aspecto exterior, sino por su corazón, que ayudó a formar en la bondad y la comprensión.

El patito feo, ahora convertido en cisne, marchó con el resto de su especie, para ser uno de ellos, pero sin olvidar a su familia, a la que visitaba todas las primaveras, por lo bien que se habían portado con él durante el invierno. El resto de habitantes del estanque le pidieron perdón por su comportamiento y, desde entonces, fue considerado no sólo el ave más hermosa del lugar, sino también el de mayor corazón, algo que él siempre achaca a la educación de su querida mamá, la señora Pata.

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