El príncipe y el mendigo

Érase una vez un príncipe intrépido, bondadoso y extremadamente rico, que vivía rodeado de la fortuna y los placeres de la vida, con mil atenciones y sin ninguna obligación. Durante uno de sus paseos frecuentes por el Reino se encontró un día a un mendigo que era clavado a él, parecían dos gotas de agua. El príncipe examinó cuidadosamente al pobre hombre, le limpió la cara, le lavó la mugre en una fuente cercana y se asombró más todavía. Eran completamente idénticos, no podían ser más iguales.

cuento del principe y el mendigo

El mendigo le acusó de que no existía tal igualdad porque él vivía en la miseria cuando él nadaba en abundancia. Avergonzado ante esta verdad, el príncipe le cedió sus ropas y sus joyas, pero el mendigo aprovechó el engaño para llamar a los guardias y alejarlo tras de sí, convenciéndoles de que él era el príncipe y no ese embustero andrajoso.

El verdadero príncipe pasó muchos días intentando explicar su verdadera identidad, pero lo tomaban por loco. Cansado de insistir decidió labrarse un futuro, encontró un empleo y siguió con su vida. Aprendió todos los oficios habidos y por haber, las dificultades de cuidar de una casa, la rutina diaria de ir al trabajo y el cansancio físico que acarreaba, sin que el Reino se fijara en él y sin que su verdadero padre, el Rey, lo echase de menos, ya que en su lugar un falso príncipe se sentaba todos los días junto al trono. El mendigo aprovechaba su buena suerte comiendo todo lo que quería, bebiendo tanto como podía aguantar y rodeándose de mujeres, bufones y demás personajes del espectáculo cuya única misión era entretener y divertir al falso príncipe, creyendo como todo el Reino que se trataba del verdadero.

Mientras tanto, el Rey se enemistó con el Reino vecino y ambos entraron en una cruenta batalla. Todo el pueblo se alistó, incluso el verdadero príncipe que, por amor a la patria, no tuvo que esperar a ser llamado a filas.

Durante la batalla el Rey murió y el mendigo y falso príncipe ascendió al trono. Ya como monarca oprimió al pueblo en castigo por toda la miseria que había sufrido en su vida y prosiguió torpemente con una guerra que perdía conforme se iba alargando en el tiempo.

El verdadero príncipe hizo llamar a un alto cargo del ejército real y le explicó que la estrategia aplicada en la batalla era errónea, que él sabía cómo vencer al enemigo con una estrategia mejor. El general al principio se mostró escéptico, pero ciertamente tenía sentido lo que este joven le decía, así que finalmente le hizo caso y, poco a poco, hicieron retroceder a las tropas invasoras, hasta que ganaron la guerra. La estrategia había funcionado a la perfección y los soldados volvían no sólo sanos y salvos a casa, sino victoriosos por haber vencido al enemigo.

Ante este cambio en el curso de los acontecimientos, el general le preguntó al joven soldado cómo es que sabía tanto de batallas. Y éste le explicó que la estrategia no era suya, sino de su padre, que no era otro que el Rey recién fallecido.

Tras la confesión, el verdadero príncipe fue a un arroyo cercano a lavarse las heridas de la guerra. Fue en ese momento, al desvestirse, cuando el general reconoció una marca de nacimiento que vio el mismo día que el príncipe llegaba a este mundo. Entonces se dio cuenta del engaño en el que vivían todos los del Reino.

Haciendo uso de su alto cargo y sus derechos como representante de la corona, repudió al falso Rey y le otorgó el trono a quien de verdad se lo merecía, el príncipe que había pasado tanto tiempo en clandestinidad porque nadie le creía.

El príncipe aceptó muy agradecido su reconocimiento y tan sólo castigó al mendigo a trabajar a diario durante toda su vida. Al pueblo, por el que tanto había luchado y al que tanto debía, le explicó que si llegaba a ser buen Rey y tomaba las decisiones adecuadas era porque había vivido con ellos, como uno más del Reino y por eso sabía las necesidades y las dificultades que debían soportar todos. Fue así, siendo uno de ellos, como éste fue el mejor Rey de todos los tiempos.

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