Jorinde y Joringel

Érase una vez un palacio en medio del bosque donde vivía una malvada bruja. Su maldad no tenía límites. Dedicaba su vida a secuestrar doncellas y a entristecer príncipes. Para ello se transformaba en búho de día y volvía a su forma humana de noche.

Este hechizo estaba acompañado, además, de una pérfida estrategia para engañar y secuestrar. Cuando por la mañana una doncella se acercaba al palacio donde vivía la bruja, se convertía en ruiseñor y era capturada y mantenida en una pequeña jaula. Siete mil jaulas se jactaba la bruja malvada de tener ya coleccionadas.

Los príncipes, además, también sufrían un encantamiento por acercarse al palacio. Quien estuviera a menos de 100 metros de él se quedaba paralizado hasta el día siguiente.

Cerca de este paraje estaba la pareja de jóvenes enamorados, Jorinde la doncella y Joringel el príncipe, paseando una bella mañana para estar a solas antes de la boda que se celebraba en unos meses.

De repente, Jorinde y Joringel se quedaron petrificados, no podían moverse. Miraron a su alrededor y descubrieron que se habían acercado demasiado al palacio de la malvada bruja y entendieron que habían caído en su embrujo. Joringel no podía menos que llorar y lamentarse, pero Jorinde comenzó a cantar una bella y triste poesía:

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Pajarito mío de roja banda
canta mi pena, penita, pena.
La palomita su muerte canta,
canta su pe…, ¡pío! ¡pío! ¡pío! ¡pío!

Joringel intentó mover los ojos para ver a su amada, pero en su lugar sólo vio un ruiseñor y, de pronto, un enorme búho negro salió de una ventana del palacio y agarró al frágil pajarito, para llevárselo de nuevo dentro de palacio.

Joringel pasó el resto de la mañana y la noche totalmente petrificado, sin poder moverse, pero siendo consciente de todo lo que había pasado en el transcurso de tan aciago día. Entonces recordó una pequeña historia que le contó su madre. Según la leyenda, existía una rosa roja como la sangre y con una perla brillante en su interior. Sólo quienes habían caído alguna vez bajo el hechizo de una bruja eran capaces de encontrarla.

Joringel despertó de su ensimismamiento cuando la petrificación desapareció, justo durante el amanecer. Dispuesto a encontrar la rosa roja como la sangre, marchó a buscarla por el bosque, sin acercarse demasiado al palacio, para no caer de nuevo en la trampa de la bruja que había raptado a su prometida.

Buscó y buscó hasta que cayó la noche, pero Joringel no se dio por perdido. Al fin y al cabo no tenía razón para existir sin su amada a su lado y sólo la flor de la leyenda podía conseguir tenerla de vuelta.

Casi cuando el sol ya iba a volver a salir, un Joringel exhausto y desmotivado, pero movido por el amor, encontró por fin la rosa mágica. Efectivamente tenía un color rojo como la sangre y una perla brillaba en su interior como si nunca pudiese apagarse.

El joven estalló de alegría y cogió con mucho cuidado la flor, sosteniéndola con las dos manos. Se acercó a menos de 100 metros del palacio de la bruja y ningún hechizo cayó sobre él. Se acercó a las horribles y gigantes puertas de la entrada y se abrieron de repente.

Una vez dentro, la bruja salió a su encuentro, pero convertida en búho no podía hacer nada por impedirle acercar la rosa a cada una de las jaulas. Le llevó horas y horas, pero cada vez que acercaba la rosa a una jaula con un ruiseñor, la prisión desaparecía y una princesa renacía desde las plumas del bello pajarito.

Siete mil jaulas y princesas liberó, pero Jorinde no aparecía. Se hizo la noche y el búho se convirtió en bruja y ésta se acercó hacia Joringel. Mágicamente, la bruja no consiguió hacerle nada al príncipe y éste le amenazó si no le mostraba dónde se encontraba la jaula de su amada.

Al final la bruja accedió no sin antes exigir como trato el perdón, a lo que Joringel aceptó. La bruja le mostró a su amada convertida en ruiseñor y el príncipe la liberó de inmediato. Pero antes de marchar, hizo a la malvada bruja tragar la rosa roja, con lo que anuló para siempre sus poderes y se convirtió en una bruja amargada en su derrota, que nunca más volvió a salir de palacio.

Jorinde regresó con Joringel a su reino natal, donde fue recibido como un héroe por salvar a las siete mil princesas. Se celebró la fiesta más grande que jamás se ha visto y Jorinde y Joringel se casaron y vivieron felices para siempre.

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