La Cenicienta

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La vida de Cenicienta no era para nada perfecta. Vivía con su madrastra y sus dos hermanastras en una pequeña y vieja casa a las afueras del pueblo, muy alejada del centro, del mercado y, sobre todo, de Palacio.

Cenicienta era explotada y humillada por sus familiares adoptados. La obligaban a hacer todas las tareas de la casa, la limpieza, la comida. No la dejaban salir de casa y era objeto de burla de sus hermanastras e incluso a veces de la madrastra.

Pero mientras Cenicienta se sentía desgraciada en una vida llena de limitaciones, el Príncipe desde Palacio se sentía igual de desdichado a pesar de todos los placeres y privilegios que la vida le otorgaba por su título nobiliario. El Príncipe estaba destinado a casarse lo antes posible con alguien y no había conocido a ninguna princesa que le causase esa chispa necesaria en el corazón.

Así que se le ocurrió algo completamente original, celebrar un baile de gala al que estaban invitadas todas las mujeres del reino y entre todas ellas escogería a su futura esposa. La noticia corrió como la pólvora y, aunque un poco más tarde que el resto de vecinos, Cenicienta y sus hermanastras también conocieron los planes del baile del Príncipe.

Las hermanastras y su madre gastaron todo el dinero que tenían en trajes, sesiones de belleza y maquillaje para convertirse en las más guapas de todas las asistentes. Cenicienta, por supuesto, se tenía que quedar en casa limpiando.

A pesar del esfuerzo, las 3 arpías estaban realmente horribles. La naturaleza no había sido agraciada con ellas y además los trajes no podían disimular los abultados y desproporcionados cuerpos de estas mujeres tan desagradables por dentro como por fuera.

Llegó el momento del baile y, tres horas antes, estas malvadas mujeres abandonaron la casa no sin antes increpar a Cenicienta y recordarle que, probablemente, una de ellas sería escogida por el Príncipe y ella sería abandonada a su suerte, puesto que de ninguna manera la arrastrarían consigo a vivir en Palacio.

Cenicienta se quedó en el patio de la casa, lamentándose y llorando por su desdichada suerte. Fue en ese instante cuando una abuelita de apariencia amable y jocosa se le acercó.

“No temas Cenicienta, soy tu Hada Madrina y estoy aquí para ayudarte”.

Cenicienta primero se quedó sorprendida, pero enseguida se cercioró de que la amable abuelita verdaderamente quería ayudarle. Todo el mundo sabía que las hadas madrinas existen para ayudar a personas desgraciadas en la vida y no se podía creer que ella tuviese una.

“Muchas gracias Hada Madrina, pero mi desdicha es que pronto perderé este hogar y no tendré dónde dormir”, le explicó Cenicienta.

“Tranquila, hija mía. No sólo voy a ayudarte a tener un hogar mejor que éste, sino que acudirás al baile como un auténtica princesa”, le contestó el Hada Madrina,

Dicho esto, del cielo nocturno llovieron pequeñas estrellas sobre la cabeza de Cenicienta, que la rodearon y convirtieron sus viejos harapos en un maravilloso traje plateado. Sus pies descalzos quedaron recubiertos de un cristal precioso y en su cabeza una diadema también de cristal completó el conjunto. Cenicienta además ya no tenía mugre en la cara, estaba bien maquillada y parecía espléndida.

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Un carruaje paró enfrente de la puerta de su casa y el hada Madrina le explicó todo: “Te he concedido la oportunidad de asistir al baile, pero los deseos tienen tiempo limitado. Tienes hasta la medianoche, entonces el hechizo desaparecerá. El carruaje te llevará velozmente al baile.”

Así lo hizo. En apenas unos minutos Cenicienta llegó a la fiesta en Palacio donde causó auténtico furor en su llegada. El Príncipe se enamoró al instante y pasó con ella toda la noche, bailando y riendo.

La noche mágica terminó a la medianoche. El Hada Madrina le había advertido que debía regresar y así lo hizo, no sin antes robarle un beso al Príncipe que, estupefacto, se preguntaba por qué se marchaba la mujer desconocida tan apresurada. De hecho, tan deprisa corrió hacia casa que en las puertas de palacio se le cayó uno de los zapatitos de cristal.

Una vez en casa, el hechizo se rompió y toda su ropa desapareció por arte de magia, excepto el zapato que quedó en posesión del Príncipe. El joven, abatido por la desaparición de su amada, hizo de nuevo una osadía, fue casa por casa probando los zapatos de todas las mujeres del reino.

Cuando llegó a casa de Cenicienta la madrastra y las hermanastras se probaron el zapato, pero sus gordos pies no cabían en tan diminuto calzado. Al ver a Cenicienta, el Príncipe preguntó:

“¿Por qué no probamos en aquella dulce dama?”

“¿Dama? ¿Dulce? Esa es Cenicienta, mi hijastra y sirvienta. Ni siquiera ha salido de casa, ella no merece ese zapato”, le contestó la madrastra con su viperino hablar.

El Príncipe hizo caso omiso a tan duras e insultantes palabras y se dirigió a Cenicienta. Al probarle el zapatito de cristal, éste encajó a la perfección y el hechizo volvió a producirse. Cenicienta volvía a estar bella y resplandeciente con todo el conjunto del baile y el Príncipe le aseguró que jamás iba a dejarla escapar de nuevo de entre sus brazos.

Cenicienta vivió feliz con el Príncipe y entendió que el Hada Madrina lo había planeado todo desde el principio. Gracias a ella ahora tenía un nuevo hogar, que era el mismísimo Palacio del Reino.

La madrastra y sus terribles hermanastras, muertas de envidia, fueron desterradas por tratar así a Cenicienta y nunca más se supo de ellas.

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