La liebre y el erizo

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Érase una vez una aldea en la que vivían los animales felices con su pareja, con su trabajo, con sus responsabilidades… Pero había algunos de estos animales que no hacían más que divertirse y pasar el rato sin hacer nada de provecho. Uno de ellos era la liebre, conocida por su gran velocidad, pero también por ser una verdadera abusona con los demás animales, que nunca podían alcanzarla.

En una ocasión se cruzó con el erizo, un pequeño animal de púas en la espalda, que no era excesivamente talentoso en nada concretamente. El erizo se disponía a regresar a su casa tras una dura jornada de trabajo, cuando la liebre le increpó a lo lejos:

“Eh, tú, erizo, ¿a que no me pillas?”

El erizo miró a la liebre primero con curiosidad y más tarde con resignación. Pero no porque no pudiera pillarla o se hubiera burlado de él, sino porque consideraba que la liebre no hacía nada de provecho.

“No sé de qué te burlas, liebre, en lugar de trabajar sólo haces que molestar”, le replicó.

La liebre, algo furiosa por la respuesta tan directa, acudió velozmente hasta donde se encontraba el erizo y en menos de un segundo se encontraban cara a cara. O mejor dicho, hocico contra hocico.

La liebre miró arriba y abajo al erizo con cierto desprecio. No podía creer que una criatura tan pequeña e inofensiva no le tuviera ningún tipo de respeto.

“¿Es que acaso no sabes quién soy? Soy la liebre. ¡El animal más veloz de toda la aldea!” le dijo mirándole fijamente a los ojos.

“Sé muy bien quién eres y por eso no tengo ninguna duda de que eres una vaga, requetevaga”, le volvió a contestar el erizo. Y continuó: “Hay un puesto de trabajo en mi fábrica, ¿por qué no te apuntas y haces algo de provecho?”

“¡Jajajaja!”, rió la liebre. “En la vida me pondría a trabajar como tú, la vida es demasiado interesante como para perderla trabajando. Además, ¿por qué trabajar cuando soy el animal más rápido del universo?”

“¡Yo soy más rápido que tú!” le retó el erizo.

“¿Lo dices en serio, pequeñín? Hagamos una cosa, una carrera, de aquí hasta aquella colina de allí, ¿la ves? Y luego hay que volver. Si me ganas me apunto al trabajo y si no, me das de comer todos los días. ¿Trato hecho?”

“Trato hecho”, aceptó el pequeño ser de púas. “Pero mañana correremos que ahora llego tarde para cenar.”

Dicho esto, el erizo se dispuso a regresar a casa lentamente, donde contó todo lo sucedido a su mujer, señora erizo. La esposa casi entra en cólera. Su marido había retado al ser más rápido ciertamente de toda la aldea, no podía ver cómo saldrían victoriosos de ello. Pero no era el ego ni el orgullo lo que había motivado al erizo a retar a la liebre, sino la astucia y la picaresca. El erizo tenía un plan y se dispuso a contarlo con todos los detalles a su querida mujer.

Al día siguiente liebre y erizo estaban preparados para la carrera. La liebre estaba convencida de su victoria y de que, sin tener que hacer nada en absoluto, tendría comida de sobra durante mucho tiempo. Sin embargo, el erizo presentaba una extraña sonrisa en la cara, nada propia de un perdedor. La liebre no quiso confiarse, había oído historias de la astucia de los erizos y, por muy cómoda que fuera la victoria, no pensaba ceder ni un ápice en la carrera.

Cuando comenzó, la liebre corrió disparada hacia la colina. Enseguida dejó fuera de su vista al erizo y empezó a creer firmemente que el pequeño animal estaba loco, porque iba a ganar ella de forma holgada. Sin embargo, al llegar a la colina ¡allí estaba el erizo! Era imposible, sólo había un camino para llegar allí, no podía haber hecho trampa.

La liebre giró ferozmente para la carrera de regreso y corrió como nunca lo había hecho hacia la meta, ¡no podía dejarse ganar! Pero al llegar… ¡El erizo estaba terminando!

La liebre quedó estupefacta, no podía creerlo. Aceptó su derrota y trabajó con el erizo, quien le enseñó el valor de ganarse el pan o la zanahoria de cada día y fue así como se convirtieron en grandes amigos.

Lo que nunca le dijo el erizo es su treta para ganar la carrera. Había convencido a su mujer para que fuese a primera hora de la mañana a esperarle, con la misma pinta, arriba en la colina. De esta forma, la liebre se confundió y creyó que se trataba de la misma persona. Pero a veces, cuando todo está en contra, vale más la astucia que la prepotencia.

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