Los tres cerditos

En un bosque muy tranquilo, apacible y hermoso, vivían tres cerditos hermanos, disfrutando del aire libre y del barro. Los tres cerditos se pasaban el día jugando, comiendo y durmiendo. Su vida era tan apacible que apenas se preocupaban siquiera de dónde tenían que dormir, pues al raso, encima de la hierba, junto a la charca de barro, se vivía estupendamente, tanto de noche como de día.

Una bonita mañana de primavera, un periquito amigo de los tres cerditos, llegó sofocado. Al parecer, había visto a un lobo sangriento y despiadado acercarse desde lejos hasta donde vivían los tres cerditos.

Teniendo en cuenta el peligro que les esperaba, los cerditos hermanos se preguntaron qué hacer. La mejor idea que tuvieron fue construir una casa. El problema es que no se ponían de acuerdo en los materiales que tenían que utilizar para hacerla más segura.

Cerditín, el cerdito más pequeño, creía que con paja era más fácil hacer la casa y resistiría el ataque de un lobo, que con los colmillos no podría atravesar la estructura.

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Cerditón, el cerdito más mayor, creía que con madera era más fácil hacer la casa y resistiría el ataque de un lobo, que con los colmillos no podría atravesar la estructura.

El cerdito del medio, que curiosamente se llamaba Pepe, era también el más audaz e inteligente. Propuso hacer la casa con ladrillo y cemento, pero era tal el trabajo y el esfuerzo, que sus hermanos Cerditín y Cerditón se negaron.

Sin un acuerdo entre los tres cerditos, cada uno se dispuso a hacer su casa.

Cerditín recogió toda la paja que encontró y la ató sabiamente gracias a su experiencia en el campo. Consiguió en apenas 2 horas hacer una casa estable y resistente.

Cerditón recogió toda la madera que encontró y la colocó de forma que no era fácil derribarla. Consiguió en apenas 4 horas hacer una casa estable y resistente.

Pepe, el cerdito del medio, fue al pueblo más cercano en busca de ladrillos y cemento. Sus hermanos se acostaron cuando él todavía no había terminado de construir su casa. Riendo, los cerditos pequeño y mayor pensaban que su hermano tendría que pedirles auxilio cuando el lobo llegase al día siguiente.

Pasó la noche y, efectivamente, el lobo estaba en el bosque donde vivían los tres cerditos. Lo que ninguno de ellos sabía era que los pulmones de éste ser eran absolutamente increíbles, lo que le permitía soplar con una fuerza tan descomunal como un huracán.

Los tres cerditos aguardaban escondidos cada uno en su casa, hasta que llegó el lobo. Se sitúo enfrente de la casa de paja de Cerditín y exclamó:

“Soplaré y soplaré y tu casa derribaré”.

Así lo hizo. El lobo sopló con tal fuerza que la casita de paja se derribó sobre sí misma. Cerditín corrió a la casa de madera de Cerditón y ambos se quedaron allí escondidos.

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El lobo se situó frente a ellos y exclamó:

“Soplaré y soplaré y vuestra casa derribaré”.

Pero al soplar, la casa de madera apenas se movió. Ante esta circunstancia, los dos cerditos cantaron y gritaron de alegría. Estaban salvados. Sin embargo, el lobo se guardaba un as en la manga. Tenía unas cerillas y un mechero. Encendió todas las que pudo y las lanzó sobre la casa de madera que, sin remedio, empezó a arder.

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Los dos cerditos huyeron despavoridos, si se quedaban dentro morirían por el incendio, pero fuera acechaba el lobo, así que corrieron a pedir auxilio a Pepe, el cerdito del medio, que acababa de terminar su casa apenas unos minutos antes.

El lobo repitió su jugada. Se situó frente a la casa de ladrillos y cemento y exclamó:

“Soplaré y soplaré y vuestra casa derribaré”.

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Pero la casa se movió menos que la de madera, de hecho, ni notaron su efecto. Cerditín y Cerditón esta vez no estaban confiados, pues en la ocasión anterior ya habían perdido ante el astuto lobo. Éste, repitió de nuevo su idea de las cerillas.

Sin embargo, la casa de ladrillo no ardía con unas simples cerillas. Tampoco se derribaba por el viento levantado por el lobo. Y éste no tuvo más remedio que irse del bosque decepcionado.

Los tres cerditos, Cerditín, Cerditón y Pepe, el cerdito del medio, celebraron su victoria y reconocieron que la idea de la casa de ladrillos y cemento fue la mejor. Desde ese momento aprendieron que cualquier buena idea, aunque conlleve un esfuerzo, merece un sacrificio personal. Los tres mejoraron la casa y construyeron un verdadero hogar en el que vivieron, contentos y seguros, para siempre.

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