Pedro y el Lobo

En un pueblecito de las montañas vivían unos humildes aldeanos en su pueblecito con granjas y campos de los que cuidaban. Entre todos los habitantes de esta idílica localidad, había un niño travieso y mentiroso llamado Pedro.

Pedro no tenía muchos amigos porque siempre iba contando mentiras y utilizándolas para engañar a todo aquél que se las creyese. Una tarde, jugando él sólo enfrente de su casa oyó cómo uno de los ganaderos gritaba:

“¡El lobo, que viene el lobo!”

Todos los habitantes del pueblo se encerraron en sus casas. Pedro preguntó a su mamá qué estaba pasando y ésta le explicó que cuando alguien gritaba que venía el lobo habían acordado esconderse y proteger a los animales para que éste no se los comiera. Sólo si había alguien en peligro, debían socorrerle, pero para evitar que esto sucediese se encerraban en las casas.

A Pedro le pareció fascinante la idea y tras la marcha del lobo desarrolló un plan con el que engañar a toda la localidad.

Pasaron unos días desde el fatídico suceso del lobo y Pedro se escondió justo a las afueras de los campos del pueblo. Desde allí y con la voz más potente que pudo sacar, gritó a todo el vecindario:

“¡El lobo, que viene el lobo!”

La gente se dispuso a regresar a sus casas, pero la madre de Pedro les dijo que esa era la voz de su hijo y debían acudir a su rescate. Así lo hicieron los hombres más fuertes y aguerridos del pueblo, pero cuál fue su sorpresa que al ver al pequeño bribón riéndose a las afueras del pueblo, comprendieron que habían sido objeto de una burla.

Tanto la madre de Pedro como el resto de habitantes le echaron en cara que no podía bromearse con esas cosas, porque eran muy serias. Pedro aceptó con una sonrisa todas las riñas y se dijo a sí mismo que volvería a hacerlo de nuevo en cuanto pudiera.

A la semana que viene, Pedro volvió a esconderse y a gritar:

“¡El lobo, que viene el lobo!”

Una vez más engañó a todos sus vecinos, sobre todo a su madre, que no podía creer haber tenido un hijo tan mentiroso como aquél. La gente ya no se molestó por lo sucedido, sino por lo que pudiera suceder. El alcalde del pueblo intentó explicar a Pedro que, si seguía con esta actitud un día en el que el lobo le atacara de verdad, creerían que es una mentira y no acudirían a su rescate.

Pero lo cierto es que Pedro estaba bastante decidido a seguir con la broma y así fue durante prácticamente un mes. Semana tras semana, Pedro se alejaba del pueblo todo lo que la voz le permitía y gritaba con todas sus fuerzas:

“¡El lobo, que viene el lobo!” “¡El lobo, que viene el lobo!” “¡El lobo, que viene el lobo!”

Un mes de falsas alarmas fue suficiente para alterar a todos los habitantes, que ya se cansaban de la actitud del pequeño Pedro, pero éste no cesaba en sus mentiras.

Una mañana, Pedro marchó fuera del pueblo para repetir su fechoría y volver a burlarse de todos, pero qué casualidad con más mala suerte tuvo que suceder, que en ese momento un gigantesco lobo se acercaba al sitio donde estaba él. Era un lobo enorme, de casi dos metros, pelaje negro y unos colmillos tan grandes como su cabeza. Gruñía ferozmente y apoyaba sus garras afiladas sobre el suelo mientras miraba fijamente al pequeño Pedro. Éste no dudó un momento en pedir auxilio:

lobo 3

“¡¡¡El lobo, que viene el lobo!!!”

Pero los habitantes vecinos de su pueblo ya no le creían.

“Ya está Pedro con su bromita”. “Este niño nunca se cansa, se cree que somos tontos”. “El día que venga un lobo de verdad ocurrirá una desgracia”, fueron las frases que más se repetían.

Pero lo cierto es que había un lobo de verdad y Pedro corría serio peligro. Por suerte un leñador estaba cerca de la zona y gritó para espantar al lobo antes de que se comiera al niño. Pedro se salvó, pero la impresión de lo sucedido fue tan grande que perdió el habla para siempre. Nunca más pudo decir una mentira ni una verdad, sencillamente, ya no habló nunca más y los habitantes del pueblo, una vez conocida la historia, asintieron y aceptaron lo sucedido como una gran lección de por qué las mentiras son tan peligrosas.

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