Cuento Infantil: La niña que podía escuchar

 

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Había una vez una niña llamada Sara un poco solitaria que vivía en un gran rancho con muchos animales. Alrededor de aquel enorme terreno no habían muchas más casas, y las pocas familias cercanas no tenían ningún niño de su edad, por lo que no tenía amigos.

Pero no todo era malo en la vida de Sara. Vivir en un rancho tenía sus ventajas, siempre había lugares que explorar, amaba sentir el olor de las flores, el viento al atardecer mientras miraba por su ventana y todos los animales que allí vivían.

Su padre tenía, vacas, puercos, gallinas, patos, caballos, perros y gatos. Estos últimos eran sus favoritos, los pequeños mininos la seguían a todos lados. Ella fingía que podían oírla y conversaba con ellos mientras recorrían el enorme rancho cada tarde.

Aunque Sara era un poco solitaria, era una niña muy feliz. Ella amaba pasear por el campo, correr junto a los perros, montar a caballo, dar de comer a las vacas, recoger los huevos y dormir con sus gatos en el campo de flores.

Cada tarde salía con una bolsa de bocadillos y todos sus gatos y perros la seguían. Ella fingía que iban a vivir grandes aventuras. Les hablaba y en su mente imaginaba que le respondía. El día que cumplió 10 años hizo su especial rutina, pero cuando comenzó a hablar con sus animales, escuchó pequeñas voces que le respondían.

Sara pensaba que era su imaginación y no prestó demasiada atención. Subiendo a un árbol, se resbaló y calló al piso, rápidamente sus animales la rodearon y escucha voces que le preguntaban si estaba bien. Ella los miró sorprendida y preguntó: ¿Pueden escucharme?

Su pequeño gato llamado Teo la miró y le dijo: Siempre te hemos escuchado Sara, creo que eres tú quien puede escucharnos ahora. Sara estaba sorprendida, pero nunca fue más feliz, ahora podía hablar con sus amigos y sus aventuras serían sorprendentes.

A la mañana siguiente Sara corrió al campo a ver si no se trataba de un sueño, pero no fue así escuchaba las voces de todos sus pequeños amigos peludos. Sara corrió, jugó y nunca fue más feliz.

Los años pasaron y Sara creció, pero al lado de sus fieles amigos permaneció. Por un tiempo se fue a estudiar un poco lejos, pero unos años más tarde regresó al campo. Todos la recibieron con mucha alegría. Sara era ahora una veterinaria y atendía todas las molestias de sus amigos. Y así vivió, feliz entre animales que hacían cada día de su vida muy especial, tan solo porque Sara era la única niña que podía escuchar.

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