El flautista de Hamelín

 

Hamelín era un pequeño pueblo de Florencia, en Italia, rodeado de enormes montañas y donde vivía poca gente. Hacía tiempo que el cacique del pueblo junto con la ayuda de los adultos, había saqueado todos los lugares vecinos, se había apropiado de sus hijos y los utilizaba como trabajadores sin descanso.

Sin embargo, los problemas llegaron a Hamelín cuando las ratas se asentaron en el lugar. Había ratas por todas partes. Las había por la calle, por las casas, por los tejados. Había ratas en el suelo, en las paredes y en todas las habitaciones, en la cocina, en la comida, en la cama…

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Los ciudadanos de Hamelín estaban desconcertados. No tenían gatos con los que atacar a la plaga, no podían utilizar comida envenenada porque no sólo les afectaba poco a las ratas, sino que además contaminaba a sus niños trabajadores. Estaban desesperados.

En esto que un larguirucho personaje apareció en el pueblo. No se sabía de él su nombre, tan sólo que siempre portaba una flauta que, de vez en cuando tocaba, a cambio de algún florín. Al conocer el problema con las ratas, el flautista acudió en presencia del cacique y le explicó que él podía solucionar el problema. En sólo 24 horas verían Hamelín despoblada de ratas. El cacique se interesó por la oferta y quiso saber lo que le costaría tamaña gesta. El flautista le explicó que estaría dispuesto a hacerlo por nada menos que cincuenta mil florines, ni un florín más ni un florín menos.

El cacique creyó todo un despropósito y animó al flautista a que le demostrara que era capaz de hacer con hechos lo que sus palabras decían. El flautista aceptó el reto suponiendo que el trato estaba cerrado y marchó.

A la noche siguiente, el flautista regresó a Hamelín y comenzó a tocar una suave melodía, imperceptible para los humanos, incluso para todos los animales, excepto las ratas, que se sintieron atraídas por el sonido y comenzaron a acercarse al flautista. Éste las saludó mientras seguía tocando y comenzó a andar fuera de la localidad, con todas las ratas siguiéndole. Acabó dejándolas en lo más profundo de un bosque lejano, donde podían vivir en tranquilidad con el resto de animales, sin ser importunadas y sin molestar a las personas.

El flautista acudió a ver al cacique, orgulloso de haber terminado con éxito su trabajo. Pero éste se negó a pagarle nada, pues en ningún momento había reconocido que le iba a pagar, sólo le animó a demostrar su valía. Ofendido, el flautista se marchó no sin antes prometer que se cobraría su deuda de alguna forma, aunque nadie le creyó y se burlaron de él por todo el trabajo realizado sin recompensa.

Marchando hacia su casa, avergonzado y humillado, el flautista se topó con un grupo de niños, caminando cabizbajos hacia el trabajo. Les preguntó dónde iban, pero estaban aterrados, vivían bajo miedo constante y huyeron de él.

El flautista tuvo una idea. Había descubierto que los niños vivían miserablemente en Hamelín, así que regresó de nuevo a la noche siguiente y volvió a tocar su flauta. Esta vez era una alegre canción que mantenía a los adultos dormidos y despertaba y atraía a los niños. Como sucedió con las ratas anteriormente, los niños siguieron al flautista hacia las afueras de Hamelín, sólo que esta vez no se dirigieron al bosque. En su lugar encaminaron sus pasos hacia las montañas, donde se abrió una puerta mágica que les transportó a un lugar de ensueño, donde los niños pudieron jugar y divertirse por siempre, lejos de las inclementes situaciones que habían sufrido en Hamelín.

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Al día siguiente en el pueblo, los adultos asustados comprendieron lo sucedido. ¡El flautista les había robado a los niños! Sin mano de obra para sus trabajos, los adultos no conseguían producir suficiente comida ni armas para defenderse de otros pueblos. Éstos, al conocer las dificultades de Hamelín y con ganas de revancha por sus anteriores saqueos, acudieron al pueblo con el fin de echar al cacique y sus esbirros y fundar una bonita ciudad en la que los niños vivirían como debe ser, jugando, cantando y divirtiéndose.

Al flautista de Hamelín le hicieron una estatua y le estarían siempre agradecidos de enseñarles el valor de las deudas y la responsabilidad y esperaron que, con él, los anteriores niños de Hamelín vivieran felices para siempre.

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