El Traje del Emperador

 

Érase una vez en un Reino muy lejano y muy antiguo, vivía un Emperador tan orgulloso como poderoso. Su riqueza no encontraba límite, pero tampoco lo hacía su ego y era incapaz de reconocer cuando se había equivocado o que alguien fuese más listo que él.

Un día caminando por los alrededores de su enorme palacio escuchó a dos charlatanes que se habían parado en uno de los parques públicos, justo al lado de una fuente. El uno le contaba al otro que existía un sastre único en todo el Reino, si no es que en todo el mundo, capaz de hacer un traje con una tela tan fina y tan suave, que sólo las personas más ilustres e intelectuales que lo probaban y veían eran capaces de reconocerlo, para todos los demás esa tela es invisible a simple vista.

Movido en parte por la curiosidad y también por el hecho de considerar las frases y su entonación como un reto hacia su persona (así de grande era su orgullo), el Emperador se les acercó y les explicó que había escuchado toda la conversación y que quería disfrutar de uno de esos trajes, pues su increíble intelecto era tal que no dudaba en poder reconocer una tela al ponérsela.

Los dos desprevenidos ciudadanos del Reino, temblorosos, le explicaron que era muy complicado que el sastre mágico les pudiera hacer un traje de este tipo, pues él sólo trabajaba para quien quería, pero dado que insistía, hablarían con él para intentar convencerlo.

Pasaron 4 semanas justas y los charlatanes de aquél día en el parque al lado de Palacio, regresaron. Esta vez portaban con ellos una enorme caja, que presentaron ante el Emperador. Según explicaban, en su interior se encontraba el traje. Ellos habían tenido el honor de tocarlo y envolverlo en la caja, pero reconocían que no todo el mundo era capaz de verlo, muchos, sobre todo los ignorantes, no reconocían ante ellos semejante obra de arte.

Le preguntaron de nuevo al Emperador si estaba seguro de querer probárselo, pero éste, ofendido ante la mera suposición de no tener el nivel suficiente para reconocer un traje de tanta delicadeza, les ordenó bajo pena de severos castigos que le mostrasen la prenda y se la pusieran. En la estancia le aguardaba el consejero real y un par de guardias que aseguraban el orden de la pequeña reunión.

Los dos intrépidos mensajeros abrieron la caja. Nada se veía en ella, pues nada había en su interior. Pero, simulando la presencia de un traje, hicieron ademán de estar sacándolo y le pidieron permiso al Emperador para probárselo.

cuento-infantil-de-el-traje-del-emperador

El Emperador accedió, se quitó sus ropas y se puso de espaldas. Ambos personajes que sujetaban el traje inexistente, hicieron gestos y posturas como si se lo estuvieran probando y acrecentaban las expectativas del Emperador con halagos interminables.

“Qué bien le queda señor. El mejor traje de su vestuario. Quedará impactante ante el pueblo”

Pero el Emperador, a costa de su gran orgullo, no conseguía ver ni tocar nada, para él el traje no existía, pero no podía permitir rebajarse al nivel de reconocerlo, así que preguntó a su consejero qué tal le sentaba. Éste, que tampoco veía nada, pero temía perder su puesto, le animó y aplaudió considerando que era el traje más hermoso del mundo.

Ante la sospechosa respuesta inmediata del consejero, el Emperador preguntó a los guardias presentes. Éstos, sin querer aparentar ser demasiado tontos como para servir al Emperador, asintieron y reconocieron ver el mejor traje que sus ojos jamás habían podido reconocer.

El Emperador, abatido, se apoyo en su propio ego y se jactó de su porte frente al espejo. Sólo se veía a sí mismo desnudo, pero exclamó sin miedo que le quedaba impecable el traje.

Los charlatanes vieron cómo su treta había resultado y quisieron dar una lección al Emperador, así que le animaron a hacer un desfile por todo el Reino para mostrar su traje a los súbditos y así demostrarles su buen gusto y su innato intelecto.

El Emperador accedió y en menos de una semana todo el Reino se encontraba a las puertas de Palacio para comprobar el mágico y maravilloso traje de su señor. Cuando éste salió, creyendo llevar el traje más hermoso del mundo, estaba en realidad completamente desnudo ante su pueblo, y éste calló. Primero de asombro, luego de vergüenza. ¿Acaso no estaba claro que alguien había engañado a su Emperador? Nadie se atrevía a decirlo, así que la gente aplaudió y exclamó vítores en defensa de la belleza del traje y de la gloria del Emperador.

Fue entonces cuando un niño se descubrió delante de todos, señaló al Emperador y gritó:

“¡Pero si está desnudo! ¡El Emperador está desnudo!”

cuento-infantil-de-el-traje-del-emperador2

El pueblo al principio enmudeció y luego, llevado por la inocencia del pequeño, se unió a sus acusaciones. El Emperador reconoció la burla y el engaño al que había sido sometido. Su ego le había traicionado, más no aprendió la lección. Levantó orgulloso la cabeza y continuó con el desfile.

Así es el orgullo, un mal acompañante que sólo los verdaderos amigos y la gente sincera, sabrán reconocerlo.

Add a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *