La Zorra y el Cuervo

 

Érase una vez un cuervo que vivía entre el bosque y el pueblo, que era conocido por su ego y su orgullo, además de por supuesto por su habilidad robando joyas y comida a los habitantes del reino.

Una mañana de primavera, en la que el negro cuervo vanidoso estaba muerto de hambre, se acercó a las casas del pueblo a ver qué podía robar. Fue entonces cuando vio en la repisa de una ventana un suculento queso que debía estar tan bueno como la maravillosa pinta que tenía. El cuervo se lanzó el picado, cogió el queso al vuelo y regresó a la rama del árbol donde se encontraba un momento antes, con el fin de disfrutar de su recién adquirido tesoro alimenticio.

En esto que por la zona pasaba una zorra también muy hambrienta, pero cuya mala fama como especie astuta hacía que todos huyeran desconfiados de ella. La zorra se percató del cuervo y se preguntó a qué se debía su carácter feliz de aquél día. Entonces lo vio, un maravilloso queso que mantenía en su boca triunfante el muy ladrón.

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La zorra quería el queso para ella, pero la tarea era realmente difícil, puesto que engañar a un cuervo es casi misión imposible y alcanzarlo estando ya posado sobre una rama de árbol era sencillamente algo que no iba a suceder nunca. Las habilidades de la zorra eran muchas, pero no las suficientes, hasta que se le ocurrió un astuto plan.

La zorra se acercó hasta donde se encontraba el cuervo sosteniendo el queso robado con su pico, quien miró de soslayo a la zorra y se dio la vuelta para que sólo la espalda tuviera de compañía la mamífera de cuatro patas.

A todo esto, la zorra comenzó a exclamar:

“Vaya pajarito más guapo que tenemos aquí. Anda si se trata de un precioso cuervo, había oído que eran hermosos, pero tanto como este ejemplar no podría habérmelo imaginado”.

El cuervo no sabía si creer las palabras de la zorra, pero como ésta siguió vitoreándolo, se giró para mirarla directamente.

“Qué preciosidad de cuervo, qué plumas más negras y ese porte, totalmente elegante. Es un caballero, ya lo creo que sí, menudo pedazo de cuervo templado que está en la rama de este árbol”.

Ante los incesantes piropos, el cuervo comenzó a sentirse halagado y mostraba orgulloso todo su plumaje para demostrar con imágenes reales lo que la zorra parecía exclamar a los cuatro vientos.

“Oye, cuervo guapo y ¿qué es eso que tienes entre tu pico? Parece algo importante, ¿lo has robado tú? Vaya si es que además de guapo eres inteligente, eres audaz, eres fuerte, eres atlético, eres el mejor. ¡¡Pero dime qué es lo que tienes en el pico!!”

Y dicho esto, el cuervo, abrumado por tanta dedicación y verborrea, se dispuso a explicar que se trataba de un queso sabrosísimo, pero al abrir el pico, se le cayó hacia el suelo, momento que estaba esperando la zorra para capturarlo ella.

“¡Eh, devuélveme mi queso! ¿No decías que era hermoso y audaz? ¿Por qué me lo quitas si tan bueno te parezco?”

La zorra ya se marchaba a su casa, pero sujetó con sus colmillos el queso y comenzó a hablar entre dientes al cuervo.

“Guapo y hermoso no sé, pero inteligente seguro que no. Mira que caer en un truco tan viejo. Nadie da piropos a cambio de nada, aprende la lección”, le explicó la zorra.

Y vaya que si la aprendió. El cuervo jamás volvió a girarse o prestar atención a ningún otro piropo, pues sabía que las buenas palabras de quienes no le conocían sólo escondían necesidades y objetivos que no querían compartir con él, pero que dependían de su acción para conseguirlos.

De vez en cuando la zorra se encontraba con el cuervo y se reía de él recordando la anécdota, hasta el punto de preguntarle a veces por qué estaba ese día tan serio, siendo un cuervo tan guapo. Pero el ave, ya tan astuta como la zorra, rehusaba seguir la conversación y se limitaba a hacer lo que mejor se le daba, robar la comida de las ventanas. Y los dos animales vivieron felices y comieron de todo, menos queso, que el cuervo no quiso volver a probar en su vida.

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